
Ahora las madrugadas vuelven a ser mías. Regreso a mi infancia escuchando Lady In Red de Chris De Burgh: los largos viajes cruzando el país de punta a punta, el olor de mi almohada y los días de judo en invierno.
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Acabo de regresar de un paseo de veinte minutos por el campus de esta universidad ubicada en "un lugar bastante cuelgue". Había coches parados en medio de la carretera porque habían dicho basta. Al volver a casa, se me saltaban las lágrimas (convertidas en hielo) porque los dedos estaban a punto de dejar de dolerme bajo los tres pares de guantes que llevaba puestos.
Dicen que es el día más frío desde 1996. Sólo sé que hoy, Weather.com señala temperaturas que oscilan entre -30 y -33ºC, y que con el viento se llega a los -40. La cámara de fotos se me ha petrificado, aunque empieza a responder, y he jugado a congelar camisetas en el balcón con un compañero de piso: en un minuto, después de mojarlas, se quedan como auténticas tablas.
Invierno, más. ¡U poco de rebuhito, po favó!