Friday, December 07, 2007

"This here's Miss Bonnie Parker. I'm Clyde Barrow. We rob banks"


"Ahora toma un complejo vitamínico, una única dosis diaria por la mañana alejada de las comidas. Y no le sienta bien, o eso dice. Pero yo que lo veo, creo que, además, está perdiendo la cabeza: sobre las cinco de la tarde debe tener el pico de subidón energético y comienza a establecer asociaciones aleatorias entre algunas palabras, elegidas al azar, de mis soliloquios. Así hasta la hora de la cena, cuando se queda ensimismado con olores, texturas y polígonos ocultos en la geometría íntima de los alimentos. A partir de entonces, su cerebro se apaga despacio entre brillos azules, hasta una nueva pastilla que le lleve a pensar en alto, a darse puñetazos con mi ego alargado y ennegrecido".

»Ayer fue insoportable. Estábamos sentados frente a la mesa de la cocina, bajo la tutela halógena del techo,...

Son las tres de la mañana. El efecto de las vitaminas se pasó hace rato.

Tuesday, November 27, 2007

Días de nobuk y té


Cansado de melodías bondadosas, implorando que me huela mal el aliento cuando ella me bese, pienso que ojalá pudiera tener los ojos suficientemente torcidos para asustar a mi vecina, que ya cuenta con 86 años y ha visto todos los horrores que se pueden ver, viviendo dos guerras, teniendo un marido sin dinero al que le faltan los dos brazos, víctima de un accidente con una fresadora, y un gato hipócrita que devora compungido los geranios que mi timorata mujer planta en nuestra ridícula terraza.

Bueno, en verdad sonaba algún vals sin darse importancia, de fondo, cuando fui a darle un sorbo a la infusión y apoyé mi codo en la mermelada de albaricoque esparcida sobre el horrible hule que tapa los años de la mesa redonda de la cocina.

Tuesday, November 20, 2007

Grados


Dos libros, una carpeta, un par de CD's, un estuche con lápices, una batería de portátil y un cable sobre varias revistas culturales de Chicago, Lisboa y Barcelona. Al lado, unos auriculares con micro y un teléfono móvil. Obviando mis manos agrietadas por el frío con sus mojones tecleando, otro cable y la piel de tres mandarinas.

No sé si necesito algo. Creo que todo me sobra.

Monday, November 19, 2007

Señora en fantasma


La hierba. Vi flores, vi hormigas. Un pájaro huía de las nubes mientras tú, señora en paracaídas, bajabas cautelosa al prado desde el cielo gris.

Posaste despacio los pies sobre verde y te acercaste a mí. Cuando te miré, de tu pecho salió un globo blanco lleno de helio, aprisa hacia arriba. Nunca llegué a entender ese instante, ni siquiera cuando comprobé que estabas desnuda y todo me pareció estupendo. Tampoco comprendí por qué, señora en pelotas, tu paracaídas había volado de vuelta a las nubes. Pero ya me habías cogido de la mano y paseábamos; lo demás importaba poco.

El viento te alborotaba el pelo, que enjaulaba tu cara con mechones castaños. Parpadeé algunas veces muy seguidas mientras te examinaba. Tu sonrisa me ruborizó, aunque no logré reconocer en ti a ninguna mujer: te habías acabado con los minutos, de paseo con otro fantasma. A mí me dio lo mismo, y seguí contándote cómo una señora en paracaídas bajó del cielo un día nublado.

Tuesday, November 13, 2007

Carta aleatoria


"Quizá no escribo en este blog porque los acontecimientos me saturan".

»Sería arrogante alegar que redacto demasiado bien, y que hacerlo tan a menudo atrofia mi habilidad. ¿Lo justo? Reconocer que soy un vago integral. Como N. del T., aclararte que tampoco soy tan huevón: sabes he conseguido acabar con todos los trámites en esta universidad de Illinois, a falta de la visa de estudiante; en un nuevo alarde de sociabilidad, he entablado cierta amistad con la japonesa (¡de Fukuoka!) y otros individuos, éstos con pasaporte estadounidense y de descendencia soviética; has podido comprobar que he engordadado algunas libras gracias al "oh, ¿seguro que no quieres una hamburguesa justo ahora?", algo que me hace sentir lleno de paz y de grasa... Bueno, esto en teoría eran justificaciones para matizar mi vagancia, pero tú, joven india, como sólo hablas inglés, un poco de francés y algo de alemán, te va a dar igual que diga una cosa u otra. Por cierto: cuando dices "muchas gracias" en español pareces Nat King Cole y sus malditas canciones navideñas. Pero esto creo que ya lo hemos comentado alguna vez.

»Que sepas que me estoy cociendo sin sentido con esa garrafa de vino blanco de cuatro litros que compramos en The Store por $8.99. Esto es la perdición. Mientras, tú, india, y Al, echáis un cigarro en la terraza; el pollo se asa en el horno y yo escribo en tu habitación con mi teclado altamente adaptado para hispanohablantes.

»...

Jueves, 8 de noviembre

◊ ◊ ◊

Ahora no queda casi nada por decir. Escucho Start wearing purple, de Gogol Bordello, y recuerdo fragmentos de Te manda saludos Dante, de Vila-Matas (satán vivo). Así, al tuntún, aleatoriamente, mientras tecleo en pijama.

Papá ha entrado en la habitación; se queja de que no he hecho la cama. Me enseña un papelito con un teléfono escrito a bolígrafo azul. Pienso que no me gusta la tinta azul mientras él ya cierra la puerta despacio, enfadado.

Monday, October 15, 2007

De madrugada


Ella se ducha mientras yo me emborracho deprisa con el vino que ofrecimos a los invitados dos días atrás. Me escuecen los ojos. Oigo el tren de fondo. Elevo la vista al techo de gotelé y pienso en la piel de nadie, la sangre de nada. No soy tan fuerte, pronuncio, y sigo bebiendo el yeso de mi copa; digo, el vino.

Ayer hice dos fotografías. En una de ellas, tres niños no logran ubicar su mirada mientras sus padres se emborrachan antes del partido de fútbol americano.

Thursday, October 11, 2007

Ocas


Las chicas eructaban sin pausa en la sala de estar. Comían pollo al curry sin despegar los ojos de la televisión. Fuera, las ocas sobrevolaban el estadio de fútbol emitiendo sonidos de goznes oxidados, vaticinando mi sufrimiento sentado en la taza del váter. Justo en aquel momento apreté la mandíbula odiando todo lo humano, con la vista clavada en el grifo del lavabo. Mandé al diablo las metas conseguidas en los últimos meses, pensé en algún macabro asesinato y sugerí desequilibrios mentales para los próximos años.

Al fin, la taza blanca amplificó el ruido cavernoso de una salpicadura ridícula. Relajé la mandíbula y abrí despacio los ojos. Sólo entonces creí oportuno salir del baño.

Cuando hube apagado la luz y entornado la puerta, vi el salón desierto. No había nadie en el sofá, pero el televisor estaba encendido: unos dibujos animados brillaban en la pantalla. Me restregué los ojos y me froté el cuello. Fui hasta la cocina como desorientado, abrí el frigorífico, desenrosqué el tapón de la botella de leche y olí su interior. Me entró una arcada y la botella se resbaló de mis manos y cayó al suelo. El cristal se fragmentó tranquilo en unos pocos pedazos. Mis pies permanecerían salpicados de leche para siempre.

Apenas respiré y me moví. Giré la cabeza hacia la televisión. Ahora pasaban un documental de unas ocas de Wisconsin que se relacionaban con humanos. Y pensé que mis pies se estaban helando con esa leche fría despersonalizada, parecida a la cara de una enfermera novata de un hospital de una gran ciudad. Tomé una gran bocanada de aire y volví a abrir la nevera con no poco esfuerzo, manteniendo mis piernas clavadas en el mismo lugar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que estaba vacía; hacía apenas unos segundos había rescatado la botella –ahora sin vida bajo mi sombra– de entre un vertedero consistente en lechuga, lonchas de pavo y latas de refresco con el porcentaje de azúcar protagonizando el cuadro de información nutricional.

Cerré la portezuela del frigorífico, me giré y despegué con cuidado los pies. Se oyó el tintineo de un par de cristales absurdos. Caminé despacio hasta la sala de estar. Alguien se había llevado el sillón y la butaca, la mesa decorada con recortes de periódicos y la horrible lámpara de Nook & Cranny. En toda la estancia sólo quedaba la televisión –desprovista incluso de la consola que la sostenía, donde también tragaba polvo el reproductor de VHS–, en la que un viejo de pelo blanco con gorra de béisbol y mentón llamativamente salido farfullaba algunas ideas vagas sobre el comportamiento de las ocas en pequeños núcleos urbanos.

Aquella misma tarde comenzó a llover. Cuando finalmente desaparecieron la sala de estar, mi habitación, la cocina e, incluso, los cristales y las huellas de leche repartidos por el suelo, me puse a mirar las gradas desiertas del campo de fútbol desde mi balcón –que probablemente ya se había esfumado–. Las ocas trazaban una ceja imperfecta en el cielo anaranjado. Y casi recé para no oír esas bisagras rechinar en el ocaso, las bisagras de las puertas que nunca son.

Monday, September 24, 2007

19:59

A veces, el lugar es tan insignificante que sirve como excusa para decisiones aún menos importantes.
Así que si vuelvo a escribir en este blog será desde otro país, lejos.
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